Acerca de Susy

LA APARICIÓN
Ramón vivía en campaña. Era un hombre grande, alto, algo
encorvado, de no más de 60 años, toditos en el campo. Hacía mucho
que era viudo, y nunca tuvo hijos. "lenía cabello lacio y largo,
claro, con canas.
Durante la semana, trabajaba en su chacra. Sus días pasaban
entre siembra, cultivo y cosecha de zanahorias, cebollas, boniatos
y papas, según la época. El domingo temprano, salía en su motocicleta
con rumbo al pueblo cercano, para ir a la iglesia. Tenía esta
costumbre desde la muerte de María, que era muy creyente.
María había sido una mujer simple, muy blanca de piel a
pesar del sol chacarero. Usaba el cabello largo, que nunca ¡levaba
suelto. Su pelo era negro igual que sus grandes ojos. Se habían
casado muy jóvenes. Buscaron hijos, pero nunca los encontraron.
Pero después, la muerte la encontró a ella, y se ¡a llevó rápido y sin
responder las preguntas de Ramón.
Por eso había tomado aquella rutina del domingo, era como
un diálogo entre ellos y la Virgen, que desde el altar lo miraba con
compasión, pero sin responder a sus preguntas ni atender sus súplicas.
Iba a misa y después llevaba flores al cementerio. Iodos los
domingos. Cumplido aquel ritual, se acercaba a alguna fiesta criolla,
kermes o penca donde distraerse y no sentir la soledad alargada
de su vida.
Pero siempre, antes de la noche, se acercaba al rancho, o por
lo menos al pago, hacía una parada en el boliche de Fabio, donde
charlaba con los vecinos y tomaba alguna caña, no demasiadas,
porque tenía que manejar hasta su casa.
Así pasaban las semanas, los meses y los años de Ramón,
cada vez más viejo y más devoto de la Virgen.
Una tarde, de esas cortas de comienzos del invierno, regresaba
más temprano porque se estaba preparando una tormenta. En
su estación en el boliche, observaba la noche a través de la ventana,
la noche solitaria y taciturna que los insistentes relámpagos ilumi-
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naban. Lentamente, decidió irse a su casa antes que se desatara la
lluvia. Pagó, se colocó e! impermeable y salió. Sin prisa, tomó el
camino de balasto.
Zumbaba ya el viento en las columnas de alta tensión cual
si fuera una vigüela. Parecía que el día jugaba escondidas con Ja
noche.
Avanzaba con lentitud. Al llegar a la curva grande, el cielo
se abrió en una luz fulgurante, enceguecedora, que detuvo a Ramón.
El viento en los cables de la electricidad parecía, ahora, el
arpa de los ángeles. Las nubes se volvieron blancas y por entre ellas
vio descender una imagen femenina, cubierta por un manto color
turquesa con bordados dorados. Una corona, de oro y brillantes
piedras, adornaba su cabeza. Una alfombra de perfumadas flores
acariciaba sus pies descalzos, y coloridos y sonoros pájaros sostenían,
jugando, el ruedo de aquel manto. Era la imagen de la Virgen
con la que siempre conversaba en las mañanas domingueras. Descendía
y disipaba ¡a tormenta, hacía titilar las estrellas y ya no se
oían los truenos.
Ramón se había asustado con la tormenta, pero aquella
imagen le devolvió la calma. Su corazón, que se agitaba de miedo,
fue enlenteciendo su ritmo y en la retina de sus ojos abiertos se
reflejaba la imagen de Ja Virgen. Durante unos minutos todo quedó
inmóvil, hubo entre ellos un diálogo rnudo, apenas sonorizado
por las gotas de lluvia que se descolgaban de los árboles, de hoja en
hoja. El mensaje fue claro, Ramón hacía tiempo que lo esperaba.
La tormenta se apaciguó. La noche continuó bajo una lluvia
tímida que desteñía el cielo y la tierra, dejando aparecer los colores
d<: la paleta matutina. En la alborada, los peones que iban al ordeñe
encontraron a Ramón, estaba caído junto al camino, negro
de muerte. Un rayo ¡o había fulminado durante la tormenta. Lo
reconocieron por la moto.
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